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Sentir demasiado no siempre es amor

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Durante mucho tiempo se ha romantizado la idea de que el amor verdadero es arrebatado, caótico e incluso doloroso. La cultura popular nos enseñó que los grandes amores se viven al borde del abismo emocional, como si el sufrimiento fuera una prueba de autenticidad, eso acompañado de las religiones y el cine Hollywoodense nos llevó a construir ideas, que ahora comienzan a deconstruirse. 

Gracias a la psicología y a la neurociencia podemos ver que muchas veces aquello que llamamos amor puede ser, en realidad, la activación de heridas emocionales que aún no han sanado.

Desde la teoría del apego, desarrollada por John Bowlby y ampliada por Mary Ainsworth, sabemos que las primeras experiencias afectivas moldean la manera en que nos relacionamos en la vida adulta. Las personas con apego ansioso, por ejemplo, suelen sentirse intensamente atraídas por individuos que ofrecen afecto de forma intermitente. No es una coincidencia: el cerebro busca recrear patrones conocidos, incluso cuando resultan dolorosos.

La neurociencia respalda esta experiencia. La atracción intensa activa circuitos cerebrales asociados con la recompensa, particularmente aquellos mediados por la dopamina. La antropóloga biológica Helen Fisher ha demostrado que el enamoramiento comparte características con los sistemas de adicción: deseo compulsivo, idealización y dependencia emocional. Por eso, las relaciones marcadas por la incertidumbre suelen generar un mayor enganche. La imprevisibilidad mantiene al cerebro esperando la próxima recompensa y fortalece el vínculo, aunque este resulte dañino.

A ello se suma el papel del trauma. El psiquiatra Bessel van der Kolk sostiene que las experiencias emocionales no resueltas tienden a repetirse en nuevas relaciones como un intento inconsciente de encontrar un desenlace distinto. Este fenómeno, conocido como repetición compulsiva, nos lleva a recrear escenarios familiares bajo la esperanza de que esta vez la historia termine mejor.

Pero existe una trampa silenciosa: lo familiar no siempre es lo más sano.

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La psicóloga Esther Perel advierte que muchas personas confunden intensidad con intimidad. La intensidad suele estar acompañada de ansiedad, urgencia y miedo a perder al otro. La intimidad, en cambio, nace de la confianza, la calma y la seguridad emocional. El problema es que quienes crecieron en ambientes afectivamente inestables pueden llegar a percibir la tranquilidad como algo extraño, e incluso aburrido.

El amor sano no debería sentirse como una herida abierta ni como una montaña rusa permanente. El amor que cuida no activa constantemente el sistema de alarma; lo apacigua. No nos obliga a cuestionar nuestro valor, sino que lo reafirma.

Reconocer estos patrones en las relaciones amorosas implica interrumpir ciclos que muchas veces llevan años, incluso generaciones, repitiéndose. 

Expertos coinciden en que no todo lo que se siente intensamente es amor. A veces es necesidad, miedo o una antigua herida buscando ser escuchada.

Sanar comienza cuando dejamos de confundir esas experiencias con el amor.

Es en ese momento cuando aparece la verdadera libertad: la capacidad de elegir. Comprendemos que algunas historias que parecían destino eran, en realidad, repeticiones. Que ciertos vínculos que se sentían inevitables eran apenas ecos de experiencias anteriores reclamando atención.

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El verdadero poder no consiste en dejar de sentir ni en endurecerse frente a la vida. Consiste en desarrollar la lucidez suficiente para distinguir entre aquello que nos atrae y aquello que nos hace bien.

Amarnos deja entonces de ser una idea romántica para convertirse en una práctica cotidiana. 

Elegirnos cuando lo fácil sería repetir la historia, cuando lo conocido nos llama de regreso y cuando el miedo insiste en disfrazarse de amor.

No siempre es fácil aprender a reconocer que la paz también puede ser una forma de amor y quizá lo más cercano a la felicidad.

LMR 

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