Cuentan los conocedores que un gobernador de Puebla aspiró a las grandes ligas. En su sueño, le arrebataron su sucesión.
Melquiades Morales Flores se negaba a aceptar a Mario Marín como el candidato del PRI a la gubernatura.
Se le había muerto físicamente Rafael Cañedo Benítez, en los albores de su sexenio. Más tarde, en 2002 tuvo otro deceso, este político, de Carlos Alberto Julián y Nácer por la alcaldía ante el panista Luis Paredes Moctezuma.
El sismo de julio de 1999 en la capital y su zona metropolitana, así como las inundaciones en la Sierra Norte de octubre de ese mismo lo llevaron a gobernar tras las cuerdas.
El tiempo se le agotaba. Tenía dos cartas: Germán Sierra Sánchez, secretario de Desarrollo Rural; y Rafael Moreno Valle, titular de Finanzas. El Plan A y B, en ese orden.
Peeeero Mario Marín traía acuerdo con Roberto Madrazo Pintado, líder nacional del PRI y, a la postre, candidato presidencial, por lo que no le hallaban la cuadratura al círculo melquiadista.
Entonces, Fernando Morales, amigo de Madrazo y Marín, sugirió que la única manera de doblar a Melquiades Morales era ofreciéndole lo que siempre quiso ser: líder nacional del PRI.
Y dicho y hecho: Madrazo le planteó que si apoyaba a Marín su destino sería la dirigencia del CEN del PRI.
Melquiades, con toda su experiencia, le creyó, dejó a Sierra esperando “la pinche señal” y a Moreno Valle acusándolo con su papá.
Al final, Morales Flores fue el coordinador de una mesa de la reforma partidista, nada más, y se quedó sin sucesión, porque siguió el canto de las sirenas partidista.
clh