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Nación

¿Por qué los mexicanos festejamos con tanta intensidad?

Entender cómo festejamos en este Mundial dice mucho sobre la manera en que entendemos el poder, la confianza y lo que significa ser mexicano

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Es la pregunta que volvió a recorrer el orbe durante este Mundial.

Bastó que la Selección Mexicana avanzara para que México volviera a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir un partido de futbol en una expresión de identidad nacional.

Calles tomadas. Avenidas cerradas. Desconocidos abrazándose y besándose. Banderas ondeando desde los automóviles. Coches sacudidos por decenas de personas. Gente llorando, gritando, cantando, subiéndose al toldo de los vehículos y celebrando con una intensidad que para muchos extranjeros resulta difícil de explicar.

La escena volvió a sorprender a quienes nos observan desde fuera. Y la pregunta apareció una vez más: ¿por qué los mexicanos celebramos así?

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Muchos dirán que la respuesta está en el futbol. Yo creo que el futbol solo es el pretexto.

Lo que realmente estamos viendo es una radiografía de la sociedad mexicana.

Desde hace décadas, distintas corrientes de las ciencias sociales han intentado responder una pregunta sencilla: ¿qué mantiene unida a una sociedad? Una de las respuestas sostiene que, en términos generales, existen sociedades donde el principal organizador de la vida colectiva son las instituciones —las leyes, las reglas, los procedimientos— y otras donde ese papel lo desempeña, sobre todo, la comunidad. La familia. Los amigos. El barrio. Los compadres. Las redes cercanas.

Por supuesto, ningún país funciona exclusivamente de una sola manera. Todas las sociedades combinan ambos elementos en distinta proporción. Pero basta observar cómo vivimos, cómo resolvemos nuestros problemas y hasta cómo celebramos para advertir que, en México, la comunidad ocupa un lugar especialmente importante.

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La necesidad de pertenecer no es exclusiva de México. Es una característica profundamente humana. Lo que sí parece tener una fuerza especial en nuestro país es la manera en que esa necesidad se transforma en identidad colectiva.

Cuando juega la Selección, no vemos únicamente a once futbolistas disputando un partido. Vemos un símbolo en el que millones de personas se reconocen.

Por eso, cuando México gana, para muchos no se trata únicamente de una victoria deportiva. Es la sensación de que ganó algo que también les pertenece, como si fuera una extensión de ellos mismos.

Algo que forma parte de quienes son. La emoción deja de ser individual y se vuelve colectiva.

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Por eso abrazamos a personas cuyo nombre nunca sabremos. Por eso lloramos con completos desconocidos. Por eso tomamos las calles. Durante unas horas dejamos de ser individuos aislados para reconocernos como parte de una misma comunidad.

No estamos viendo únicamente un festejo deportivo. Estamos viendo cómo una identidad colectiva se hace visible.

Y ahí aparece una pregunta mucho más incómoda.

Si una sociedad responde con tanta fuerza a los símbolos de pertenencia, ¿no será que ese mismo mecanismo también ayuda a explicar parte de nuestra política?

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Porque los movimientos políticos más exitosos rara vez movilizan únicamente por sus propuestas. Movilizan porque ofrecen identidad. Construyen un “nosotros”. Hablan del pueblo. De los nuestros. De una causa común.

Y cuando una persona siente que pertenece a ese “nosotros”, las discusiones sobre instituciones, división de poderes o contrapesos pueden pasar a un segundo plano frente a una emoción mucho más poderosa: la sensación de formar parte de un proyecto colectivo.

Eso no significa que las instituciones no importen. Importan muchísimo.

Sin instituciones sólidas no hay democracia que resista, ni libertad que se proteja, ni poder que tenga límites. Pero quizá para una parte importante de la sociedad mexicana la comunidad pesa más que las reglas abstractas.

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Hay otra razón que ayuda a entenderlo.

En México, la comunidad muchas veces hace aquello que el Estado no alcanza a hacer.

Cuando alguien enferma, la familia organiza cuidados. Cuando alguien se queda sin empleo, los amigos buscan contactos. Las fiestas en los pueblos son organizadas por la comunidad. Los padrinos ayudan a comprar diversas cosas para las fiestas de XV años, bodas.

Cuando una operación resulta impagable, aparecen los padrinos, los compadres o la comunidad para reunir el dinero.

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La red cercana responde cuando la institución llega tarde, llega mal o simplemente no llega. Durante generaciones, esa experiencia ha enseñado a millones de mexicanos que la primera fuente de protección no siempre es el Estado, sino las personas que los rodean.

Tal vez por eso confiamos mas en la comunidad que en las instituciones.

Y quizá por eso los discursos que apelan al “pueblo”, a “los nuestros” o a “estar unidos” encuentran aquí un terreno especialmente fértil.

Incluso podría ayudar a explicar por qué, una y otra vez, los liderazgos personalistas encuentran tanta fuerza en México. Cuando una sociedad deposita buena parte de su confianza en las personas antes que en las instituciones, no resulta extraño que también busque figuras capaces de encarnar esa identidad colectiva. No explica toda nuestra historia política, pero sí ofrece una pista para entender por qué los caudillos siguen despertando tanta curiosidad y aprobación social.

No estoy diciendo que esta sea toda la explicación.

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México es demasiado complejo para reducirlo a un partido de futbol. Nuestra cultura política tiene muchas capas, muchas contradicciones y muchas heridas históricas.

Pero sí creo que entender cómo festejamos en este Mundial dice mucho sobre la manera en que entendemos el poder, la confianza y lo que significa ser mexicano.

Porque tal vez la pregunta que hoy se hace el mundo no habla realmente de fútbol. Habla de nosotros.

Dentro de unas semanas el Mundial terminará. Los videos dejarán de circular. Las calles volverán a la normalidad. Pero la pregunta seguirá ahí.

Si un gol basta para recordarnos que pertenecemos a algo mucho más grande que nosotros mismos, ¿por qué nos cuesta tanto construir instituciones que también nos hagan sentir parte del mismo país y nos ayuden a ser más fuertes?

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Quizá el resto del mundo crea que estuvo viendo un festejo futbolero.

Yo creo que, sin darse cuenta, estuvo viendo una de las mejores explicaciones de cómo funciona México.

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Columna de Isamar Witker en SDP Noticias

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